Crónica: 6 Días y 5 Noches en Pacaya Samiria
Nosotros vinimos a Iquitos para internarnos en la jungla y
tener una experiencia vivencial. Esa era la idea. No queríamos pasar las noches
en un lodge con todas las comodidades, ni mucho menos ir en un tour familiar y
convencional. Queríamos descubrir la selva.
Y así llegamos a la agencia Amazon Explorer, donde
encontramos una opción muy interesante: podríamos internarnos en la Pacaya
Samiria por 6 días y 5 noches: dormiríamos en carpas, construiríamos nuestro
propio refugio, buscaríamos animales
salvajes y aprenderíamos como sobrevivir fuera de la civilización. Nos encantó
la idea. Aceptamos.
Día 01. Era una
mañana muy soleada cuando salimos de Iquitos. Paulo, nuestro guía, nos contaba
muy emocionado sus aventuras en la selva
y nosotros no dejábamos de hacer preguntas. Después de una hora y media de
camino, llegamos al puerto de Nauta,
donde ya nos esperaba Arturo, el conductor de la lancha. Esta era la última
parada para comprar provisiones.

Navegar por el río Marañon es una experiencia muy
interesante. Debido a la geografía, los ríos se convierten en la vía principal
para transportarse. Vimos en el puerto diversos tipos de embarcaciones, desde
cruceros con todas las comodidades posibles, lanchas, canoas y hasta algunas
modestas embarcaciones armadas solo con troncos y lianas. Uno viaja como puede.
Divisamos muchos caseríos al margen del río. Lo curioso fue
ver en el mapa los nombres de estos poblados: Nueva York, Arequipa, Las Malvinas, Bello Horizonte,
Florida, y la lista podría continuar. Después de dos horas navegando, llegamos
al puesto de control de Pacaya-Samiria, donde nos registramos y recibimos la
cálida bienvenida de los mosquitos. ¡Una bienvenida que se prolongó por seis
días! Este es el último punto donde consigues señal para celulares. Es momento
de la última llamada antes de desconectarse de la civilización. Amén.
Nuestra siguiente parada era el caserío Buenos Aires. El
viaje dura aproximadamente dos horas más y la vista es cada vez más
interesante: logramos ver garzas blancas, algunos guacamayos y un par de
bufeos, que cada cierto tiempo emergían de las aguas.

En Buenos Aires conocimos a Aladino, nuestro guía local,
quien nos ofreció su cabaña para pernoctar. Estamos seguros que es la persona
más amable que conocimos, siempre atento a lo que nosotros necesitamos y
dispuesto a enseñarnos todo sobre la vida en la selva. Después de una buena
cena y escuchar algunas historias a la luz de las velas, salimos a explorar la
selva por la noche. El resultado: muchas arañas, hormigas gigantes,
murciélagos, sapos y muchas picaduras de mosquitos. Demasiadas.
Día 02. Salimos
muy temprano del pueblo, con la intención de ver más animales. Esta vez fuimos
en canoa, y logramos observar algunas garzas, tucanes, guacamayos y una curiosa
ave que lleva por nombre Martín Pescador.
Lo más interesante fue encontrar un nido de Musmuquis. Con sus ojos
inmensos nos miraban desde lo alto de un árbol, y de rato en rato bostezaban.
Esto tiene mucho sentido, porque son animales nocturnos, y nuestra presencia
los despertó.

Al regresar al pueblo, nos alistamos para continuar
descubriendo Pacaya-Samiria. A nuestra tripulación se sumó Aladino, nuestro
guía local, y Vilma, quien se encargaría de la cocina. Navegamos por tres
horas, alejándonos cada vez más de la civilización. Que placentero es
simplemente relajarse y disfrutar de la vista. Desconexión total.
Llegamos a Iricahua, donde armamos las carpas y los mosquiteros
para pasar la noche. Aquí experimentamos un ataque masivo de mosquitos: no
importó que usemos repelente, ellos no tuvieron piedad. Así entendimos que es
una plaga, y que entre noviembre y marzo se multiplican, pues un factor que
influye son las lluvias. No recomendamos ir en esas fechas.
Cenar en la selva es una cosa complicada. Armamos un refugio
contra la lluvia hecho de plástico, y debajo colocamos una mesa para cenar.
Grave error. Insectos de todos los tamaños, deambulaban cerca a nosotros. Algunas
cucarachas volaban y caminaban sobre nuestros platos. Y para hacerlo más
memorable, las cigarras arremetían contra nosotros, atraídas por la luz de las
lámparas. Sumemos mosquitos a la velada y esta será memorable. En contraste,
para los chicos de la tripulación esto no era nada el otro mundo. Y nosotros,
nos sentimos más citadinos que nunca.

Día 03. La misión
del día: pescar pirañas. Aladino nos enseñó cómo preparar una caña de pescar, colocar
el anzuelo y que tipo de carnada usar. Cuando íbamos en la canoa nos explicó
que para hallar un buen lugar debemos tener en cuenta dos cosas básicas: buscar
un árbol cerca al río y estar bajo la sombra. Una vez allí, fue más fácil de lo
que pensábamos: pescamos pirañas, palometas, sardinas y lizas en menos de una
hora. Y al regresar al campamento,
comimos lo que pescamos. Esto lo hizo más gratificante.
Por la tarde empezamos a trabajar en la casa del árbol.
Nosotros queríamos pasar una noche completamente solos en la selva y por ello
decidimos armar una casa en un árbol. A todos nos tomó más trabajo de lo que
esperábamos. Cortar troncos, buscar lianas, recolectar hojas de palmeras y más.
No pudimos terminarlo está vez, pero ya lo dejamos casi listo para la siguiente
noche.
Después de la cena, decidimos ir a buscar caimanes. Navegar
en la oscuridad, no es nada sencillo. Llevábamos linternas pero cada vez que
las encendíamos aparecían más bichos. Tratábamos de no hacer mucho ruido, para
pasar desapercibidos. Los ojos de los caimanes son muy brillosos, y usando la
linterna apropiadamente es fácil ubicarlos.

Aladino vió uno, y nos acercamos lentamente. Bajó de la
canoa y con un movimiento rápido y cogió al pequeño caimán del pescuezo. Era un
tirín tirín de color negro, que luchaba por zafarse, y nos miraba con sus ojos
inflamados y coléricos. Aladino lo acercó hacía nosotros para apreciarlo mejor:
no medía más de un metro y aun se resistía a ser capturado. Estaba furibundo. Al
momento de dejarlo en libertad, la primera reacción del pequeño caimán fue
atacarnos, de tal manera que se estrelló con la canoa al intentar mordernos.
Definitivamente no estábamos en un zoológico.

Día 04. Salimos muy
temprano para ir al monte y ver a los monos. Después de una hora de camino, Aladino
nos hacía señas a la distancia: había encontrado a un grupo de monos fraile.
Nosotros nos acercamos intentando no hacer ruido. Al principio era difícil
distinguirlos, pero logramos verlos saltando de un árbol a otro. De momento se
detenían para comer algunos frutos, y continuaban avanzando, sin separarse del
grupo.
Caminamos un poco más y encontramos una pareja de monos
aulladores. Sólo necesitamos seguir el ruido que ellos hacen. Éstos parecían
mucho más relajados, como reposando en lo alto de un árbol. No se inmutaban con
nuestra presencia. Tiempo perfecto para las fotos.

A la tarde, continuamos los trabajos en la casa del árbol. Y
antes del anochecer ya teníamos nuestra casa terminada. Estábamos muy
emocionados. Mientras regresábamos al campamento, Aladino nos alertó: había
visto una boa constrictor cerca a nosotros. Nos quedamos quietos por un
momento. Aladino logró atrapar a la boa, y fue allí cuando nosotros logramos
acercarnos, y verla de cerca. Desde ese momento, ya no me parece tan cool
caminar de noche por la selva.
Dormir en la casa del árbol fue toda una experiencia. Para
empezar, el campamento estaba al otro lado del río. Estábamos realmente solos.
La noche se hizo larga al escuchar todos los sonidos de la selva. Desde cantos
de aves nocturnas, el sonido de los sapos y los insectos que deambulaban cerca
a nosotros. Era un concierto de naturaleza viva, y nosotros estábamos en
primera fila.

Día 05. A mi
parecer, poco a poco vamos adaptándonos al lugar: cada vez la vista y el oído
están más sensibles para detectar el movimiento de los arbustos o el sonido de
los animales. Es como despertar tus sentidos, ante todos los estímulos que nos
muestra la selva.
Empezamos una caminata, para descubrir más sobre las plantas
medicinales del lugar. Según Aladino, siempre encontrarás en la selva alguna
planta que pueda solucionar tus males. Y lo compramos cuando conseguimos citronela,
una planta que funciona como repelente natural: debes frotártela en la piel
para evitar a los mosquitos. Lo malo, es que tiene un terrible olor a ajo. Está
comprobado que ni los mosquitos, ni nadie quedrá estar a tu lado.
Y como parte del curso de supervivencia, aprendimos que se
puede beber agua de las lianas. Esto es importante, así puedes conseguir agua
sin mucho esfuerzo. Especialmente cuando haces largas caminatas o estás perdido
en la selva. Por otro lado, aprendimos a armar una trampa para tapires, usando
una pequeña escopeta, que disparará cuando algo roce la cuerda atada al
gatillo. Siempre uno debe fijarse por donde se camina, pues alguna de estas
trampas aún son usadas por los pobladores.
Decidimos regresar esa tarde al poblado Buenos Aires.
Desarmamos todo y otra vez a navegar. Vimos muchos bufeos de camino, algunos de
ellos rosados. Siempre estaban en grupo y saltaban en el río. No es posible
acercarse mucho a ellos, tienden a huir del contacto humano.
Pasamos nuestra última noche en Buenos Aires, en una cena
con algunos de los pobladores. Muchas anécdotas, risas y comida típica. La calidez
y sencillez de la gente es algo que no
olvidaremos.
Día 06. Nuestro
última día, fue mucho más tranquilo. Aprovechamos la mañana para nadar en el
río Marañon, donde habían mucho niños haciendo lo mismo. Ellos habían armado un
pequeño tobogán y desde allí se deslizaban una y otra vez. Con el intenso
calor, siempre es bueno un chapuzón.
Recorrimos un poco el pueblo, siempre escoltados por los
niños. Todos muy vivaces y con muchas preguntas. En una pequeña glorieta,
algunas chicas ofrecían artesanías, joyas y adornos hechas por ellas mismas. Habían
cosa muy interesantes, pero más caras de lo que esperábamos.
Finalmente era tiempo de regresar a Iquitos. Después de
recorrer Pacaya Samiria por seis días, nos llevamos grandes recuerdos y experiencias
que nos ayudan a conocer como es la vida en la selva. Siendo citadinos, hay
muchas cosas que no logramos entender sobre la naturaleza y estar realmente en
contacto con ella. De disfrutarla y aprender de ella. De escucharla y vivir en armonía.
Es sólo cuestión de afinar los sentidos y la mente, para entender el mensaje
que está allí, en todos sus rincones.






































