lunes, 31 de marzo de 2014

Iquitos: La ciudad más alegre de la Amazonía - Parte 02


Crónica:  6 Días y 5 Noches en Pacaya Samiria

Nosotros vinimos a Iquitos para internarnos en la jungla y tener una experiencia vivencial. Esa era la idea. No queríamos pasar las noches en un lodge con todas las comodidades, ni mucho menos ir en un tour familiar y convencional. Queríamos descubrir la selva.
Y así llegamos a la agencia Amazon Explorer, donde encontramos una opción muy interesante: podríamos internarnos en la Pacaya Samiria por 6 días y 5 noches: dormiríamos en carpas, construiríamos nuestro propio refugio,  buscaríamos animales salvajes y aprenderíamos como sobrevivir fuera de la civilización. Nos encantó la idea. Aceptamos.

Día 01. Era una mañana muy soleada cuando salimos de Iquitos. Paulo, nuestro guía, nos contaba muy emocionado  sus aventuras en la selva y nosotros no dejábamos de hacer preguntas. Después de una hora y media de camino, llegamos  al puerto de Nauta, donde ya nos esperaba Arturo, el conductor de la lancha. Esta era la última parada para comprar provisiones.

Navegar por el río Marañon es una experiencia muy interesante. Debido a la geografía, los ríos se convierten en la vía principal para transportarse. Vimos en el puerto diversos tipos de embarcaciones, desde cruceros con todas las comodidades posibles, lanchas, canoas y hasta algunas modestas embarcaciones armadas solo con troncos y  lianas. Uno viaja como puede.


Divisamos muchos caseríos al margen del río. Lo curioso fue ver en el mapa los nombres de estos poblados: Nueva  York, Arequipa, Las Malvinas, Bello Horizonte, Florida, y la lista podría continuar. Después de dos horas navegando, llegamos al puesto de control de Pacaya-Samiria, donde nos registramos y recibimos la cálida bienvenida de los mosquitos. ¡Una bienvenida que se prolongó por seis días! Este es el último punto donde consigues señal para celulares. Es momento de la última llamada antes de desconectarse de la civilización. Amén.

Nuestra siguiente parada era el caserío Buenos Aires. El viaje dura aproximadamente dos horas más y la vista es cada vez más interesante: logramos ver garzas blancas, algunos guacamayos y un par de bufeos, que cada cierto tiempo emergían de las aguas.


En Buenos Aires conocimos a Aladino, nuestro guía local, quien nos ofreció su cabaña para pernoctar. Estamos seguros que es la persona más amable que conocimos, siempre atento a lo que nosotros necesitamos y dispuesto a enseñarnos todo sobre la vida en la selva. Después de una buena cena y escuchar algunas historias a la luz de las velas, salimos a explorar la selva por la noche. El resultado: muchas arañas, hormigas gigantes, murciélagos, sapos y muchas picaduras de mosquitos.  Demasiadas.

Día 02. Salimos muy temprano del pueblo, con la intención de ver más animales. Esta vez fuimos en canoa, y logramos observar algunas garzas, tucanes, guacamayos y una curiosa ave que lleva por nombre Martín Pescador.  Lo más interesante fue encontrar un nido de Musmuquis. Con sus ojos inmensos nos miraban desde lo alto de un árbol, y de rato en rato bostezaban. Esto tiene mucho sentido, porque son animales nocturnos, y nuestra presencia los despertó.


Al regresar al pueblo, nos alistamos para continuar descubriendo Pacaya-Samiria. A nuestra tripulación se sumó Aladino, nuestro guía local, y Vilma, quien se encargaría de la cocina. Navegamos por tres horas, alejándonos cada vez más de la civilización. Que placentero es simplemente relajarse y disfrutar de la vista. Desconexión total.


Llegamos a Iricahua, donde armamos las carpas y los mosquiteros para pasar la noche. Aquí experimentamos un ataque masivo de mosquitos: no importó que usemos repelente, ellos no tuvieron piedad. Así entendimos que es una plaga, y que entre noviembre y marzo se multiplican, pues un factor que influye son las lluvias. No recomendamos ir en esas fechas.

Cenar en la selva es una cosa complicada. Armamos un refugio contra la lluvia hecho de plástico, y debajo colocamos una mesa para cenar. Grave error. Insectos de todos los tamaños, deambulaban cerca a nosotros. Algunas cucarachas volaban y caminaban sobre nuestros platos. Y para hacerlo más memorable, las cigarras arremetían contra nosotros, atraídas por la luz de las lámparas. Sumemos mosquitos a la velada y esta será memorable. En contraste, para los chicos de la tripulación esto no era nada el otro mundo. Y nosotros, nos sentimos más citadinos que nunca.


Día 03. La misión del día: pescar pirañas. Aladino nos enseñó cómo preparar una caña de pescar, colocar el anzuelo y que tipo de carnada usar. Cuando íbamos en la canoa nos explicó que para hallar un buen lugar debemos tener en cuenta dos cosas básicas: buscar un árbol cerca al río y estar bajo la sombra. Una vez allí, fue más fácil de lo que pensábamos: pescamos pirañas, palometas, sardinas y lizas en menos de una hora.  Y al regresar al campamento, comimos lo que pescamos. Esto lo hizo más gratificante.


Por la tarde empezamos a trabajar en la casa del árbol. Nosotros queríamos pasar una noche completamente solos en la selva y por ello decidimos armar una casa en un árbol. A todos nos tomó más trabajo de lo que esperábamos. Cortar troncos, buscar lianas, recolectar hojas de palmeras y más. No pudimos terminarlo está vez, pero ya lo dejamos casi listo para la siguiente noche.

Después de la cena, decidimos ir a buscar caimanes. Navegar en la oscuridad, no es nada sencillo. Llevábamos linternas pero cada vez que las encendíamos aparecían más bichos. Tratábamos de no hacer mucho ruido, para pasar desapercibidos. Los ojos de los caimanes son muy brillosos, y usando la linterna apropiadamente es fácil ubicarlos.


Aladino vió uno, y nos acercamos lentamente. Bajó de la canoa y con un movimiento rápido y cogió al pequeño caimán del pescuezo. Era un tirín tirín de color negro, que luchaba por zafarse, y nos miraba con sus ojos inflamados y coléricos. Aladino lo acercó hacía nosotros para apreciarlo mejor: no medía más de un metro y aun se resistía a ser capturado. Estaba furibundo. Al momento de dejarlo en libertad, la primera reacción del pequeño caimán fue atacarnos, de tal manera que se estrelló con la canoa al intentar mordernos. Definitivamente no estábamos en un zoológico.


Día 04. Salimos muy temprano para ir al monte y ver a los monos. Después de una hora de camino, Aladino nos hacía señas a la distancia: había encontrado a un grupo de monos fraile. Nosotros nos acercamos intentando no hacer ruido. Al principio era difícil distinguirlos, pero logramos verlos saltando de un árbol a otro. De momento se detenían para comer algunos frutos, y continuaban avanzando, sin separarse del grupo.
Caminamos un poco más y encontramos una pareja de monos aulladores. Sólo necesitamos seguir el ruido que ellos hacen. Éstos parecían mucho más relajados, como reposando en lo alto de un árbol. No se inmutaban con nuestra presencia. Tiempo perfecto para las fotos.

A la tarde, continuamos los trabajos en la casa del árbol. Y antes del anochecer ya teníamos nuestra casa terminada. Estábamos muy emocionados. Mientras regresábamos al campamento, Aladino nos alertó: había visto una boa constrictor cerca a nosotros. Nos quedamos quietos por un momento. Aladino logró atrapar a la boa, y fue allí cuando nosotros logramos acercarnos, y verla de cerca. Desde ese momento, ya no me parece tan cool caminar de noche por la selva.


Dormir en la casa del árbol fue toda una experiencia. Para empezar, el campamento estaba al otro lado del río. Estábamos realmente solos. La noche se hizo larga al escuchar todos los sonidos de la selva. Desde cantos de aves nocturnas, el sonido de los sapos y los insectos que deambulaban cerca a nosotros. Era un concierto de naturaleza viva, y nosotros estábamos en primera fila.


Día 05. A mi parecer, poco a poco vamos adaptándonos al lugar: cada vez la vista y el oído están más sensibles para detectar el movimiento de los arbustos o el sonido de los animales. Es como despertar tus sentidos, ante todos los estímulos que nos muestra la selva.


Empezamos una caminata, para descubrir más sobre las plantas medicinales del lugar. Según Aladino, siempre encontrarás en la selva alguna planta que pueda solucionar tus males. Y lo compramos cuando conseguimos citronela, una planta que funciona como repelente natural: debes frotártela en la piel para evitar a los mosquitos. Lo malo, es que tiene un terrible olor a ajo. Está comprobado que ni los mosquitos, ni nadie quedrá estar a tu lado.

Y como parte del curso de supervivencia, aprendimos que se puede beber agua de las lianas. Esto es importante, así puedes conseguir agua sin mucho esfuerzo. Especialmente cuando haces largas caminatas o estás perdido en la selva. Por otro lado, aprendimos a armar una trampa para tapires, usando una pequeña escopeta, que disparará cuando algo roce la cuerda atada al gatillo. Siempre uno debe fijarse por donde se camina, pues alguna de estas trampas aún son usadas por los pobladores.


Decidimos regresar esa tarde al poblado Buenos Aires. Desarmamos todo y otra vez a navegar. Vimos muchos bufeos de camino, algunos de ellos rosados. Siempre estaban en grupo y saltaban en el río. No es posible acercarse mucho a ellos, tienden a huir del contacto humano.
Pasamos nuestra última noche en Buenos Aires, en una cena con algunos de los pobladores. Muchas anécdotas, risas y comida típica. La calidez y sencillez de la gente es algo  que no olvidaremos.

Día 06. Nuestro última día, fue mucho más tranquilo. Aprovechamos la mañana para nadar en el río Marañon, donde habían mucho niños haciendo lo mismo. Ellos habían armado un pequeño tobogán y desde allí se deslizaban una y otra vez. Con el intenso calor, siempre es bueno un chapuzón.
Recorrimos un poco el pueblo, siempre escoltados por los niños. Todos muy vivaces y con muchas preguntas. En una pequeña glorieta, algunas chicas ofrecían artesanías, joyas y adornos hechas por ellas mismas. Habían cosa muy interesantes, pero más caras de lo que esperábamos.

Finalmente era tiempo de regresar a Iquitos. Después de recorrer Pacaya Samiria por seis días, nos llevamos grandes recuerdos y experiencias que nos ayudan a conocer como es la vida en la selva. Siendo citadinos, hay muchas cosas que no logramos entender sobre la naturaleza y estar realmente en contacto con ella. De disfrutarla y aprender de ella. De escucharla y vivir en armonía. Es sólo cuestión de afinar los sentidos y la mente, para entender el mensaje que está allí, en todos sus rincones. 

martes, 11 de marzo de 2014

Iquitos: La ciudad más alegre de la amazonía - Parte 01

Welcome to the Jungle! Welcome to Iquitos!

Escuchamos tantas cosas sobre Iquitos, que ya era un destino fijo en nuestra ruta. Desde la ventana del avión no dejaba de sorprendernos la inmensidad del río Amazonas y sus afluentes. Y de pronto, divisamos a lo lejos una colorida ciudad, en medio de la selva. ¡Que emoción! Al fin llegamos a Iquitos. 

De la selva su transporte. Antes de salir del aeropuerto, es bueno conocer las tarifas ( taxi S/. 20 – motokar S/. 10), y así nadie te podrá engañar. Nosotros escogimos ir en motokar: es más barato, más típico y más divertido. Así comprobamos que las motos han invadido las autopistas. O deberíamos decir las “motopistas”. Pero definitivamente lo más pintoresco es viajar en Colectivo. Este colorido ómnibus, que recorre la ciudad de punta a punta por una china. Vale la pena.




Veinte minutos después, llegamos a la Plaza de Armas. Y de un momento a otro estábamos rodeados por jaladores, que nos seguían e insistían ofreciéndonos tours, hoteles, dólares, restaurants, y muchas cosas más. Las mochilas viajeras nos delataban, y mientras más avanzábamos, aparecían otros y otros. Entonces, nuestro nuevo deporte era esquivarlos. Todos tienen algo que ofrecer.

Explorando la ciudad. Iquitos es una ciudad moderna,  variopinta y muy colorida. Caminando por sus calles, encontramos algunas construcciones de principios del siglo pasado, propias de la época del boom del caucho,  así como modernas galerías comerciales, supermercados y casinos. El único inconveniente que tuvimos fue  la velocidad de internet: es realmente lenta.

Aprendimos algo: si vas a un hotel, este debe tener aire acondicionado. Requisito indispensable. La temperatura de la ciudad bordea los 30 grados Centígrados y si no estás acostumbrado a climas muy cálidos (como yo), te vas a lamentar. Créeme.


El lugar que más disfrutamos fue el malecón Maldonado. Aquí encontramos muchas opciones interesantes: restaurants, bares, mucha comida al paso, y claro, una vista genial del atardecer dibujándose en el río Itaya. Momento Kodak. Quizá sea la calle más turística de la ciudad: siempre hay mucha gente y mucha energía, especialmente por la noche.

Y si hablamos de la vida nocturna, el bar que más nos llamó la atención fue El Musmuqui. Los tragos exóticos son la especialidad de la casa y a un precio razonable. Los imperdibles son: el RC (rompe calzón), la Charapita Ardiente o un 7VSC (Siete Veces Sin Sacar). Se dice mucho de las propiedades afrodisíacas de estas bebidas, pero creemos que es algo que ustedes mismos tendrán que descubrir.

De la selva  su comida. La gastronomía de la selva era algo que queríamos descubrir. Encontramos un lugar llamado El Mesón, donde nos animamos a probar un “lagarto al ajo”. En pocas palabras: delicioso. Podemos decir que la carne de lagarto tiene un sabor parecido a la del pollo, pero la textura es muy diferente. No olviden probar la especialidad de la casa: majaz al ajo. Toda una experiencia.


En ninguna otra ciudad probamos tantos tipos diferentes de carne: tortuga, piraña, suri, doncella, rana y lagarto, en tan sólo una semana.  Evidentemente, nos faltaron muchas más por probar.

Si hablamos de los postres, no podemos dejar de mencionar nuestro favorito: los Helados Shambo. Especialmente los de aguaje y camu camu. Una delicia.

Lugares de Interés:

Mercado Belén. A unas 9 cuadras de la plaza, está el mercado Belén. Nosotros fuimos de mañana, y encontramos una variedad interesantes de pescados, frutas y comidas al paso. Los precios son razonables y siempre puedes regatear. Lo curioso fue encontrar algunos tipos que ofertan animales salvajes que ellos mismos capturaron. Y parece que es algo común, pues a nadie le importaba. Un dato importante: es recomendable visitar este lugar por la mañana, según dicen algunos locales, por la tarde suele ser peligroso.




Puerto Nanay. Si lo tuyo es disfrutar de la comida callejera, este es el lugar ideal. Este puerto ofrece diversas opciones, desde los crocantes suris, pasando por el ya consagrado tacacho con cecina, los juanes y pescados fritos. Durante el día, muchos lugareños ofrecen paseos en bote para recorrer parte del Marañon. Aquí se vale negociar.





Información Adicional:

Hotel Arys: Jirón Próspero 447 (a cuatro cuadras de la plaza mayor) Telf. (65) 22-4040 / 22-3572

El Musmuqui: Av. Raimondi 382

El Mesón: Malecón Maldonado 153. Telf. (065) 231857


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martes, 31 de diciembre de 2013

Compañeros y Amigos de Ruta II

Y aquí algunas fotos más de lo que fue este 2013.































Compañeros y Amigos de Ruta I




Alguien escribió alguna vez: “uno no viaja a los destinos, uno viaja hacia las personas”. Al principio, no entendí  para nada esa frase, pero hoy por hoy le encuentro mucho sentido. Y creo que es muy cierto.




Este 2013 tuve la suerte viajar mucho, siempre de ciudad en ciudad, de hotel en hotel. Pero   eran viajes únicamente de trabajo, donde debes seguir una agenda y cumplir las metas trazadas. Entonces, un buen día decidí renunciar. Tres días después  empecé un viaje por el sur del Perú y parte de Bolivia. Claro, decidí viajar solo.  Pero no sé que tan cierto pueda ser eso: es muy difícil estar sólo cuando te encuentras con muchos, demasiados  viajeros que están haciendo exactamente lo mismo que tú. 


Vamos a los mismos hostels, leemos “Lonely Planet”, usamos las mismas aplicaciones, recorremos los mismos mercados, compartimos las rutas de trekking , nos topamos en las plazas, parques, galerías, bares, clubs, etc.
Entonces te das cuenta que tienen mucho en común, y sin importar la nacionalidad, cultura o etnia, se forma un lazo muy particular y funcional, es decir, nos convertimos encompañeros de ruta. Y es una experiencia muy interesante y gratificante, donde no solo compartes la ruta, también compartes tu vida, tus ideas, pasiones y excentricidades. Compartes lo que eres en ese momento y tu forma de ver la vida. Y a veces algo más.

Especialmente en este 2013 conocí a muchos compañeros de ruta, que hoy los recuerdo como si fueran grandes amigos de toda la vida. Quizá a algunos más que otros. Si bien es cierto son amistades fugaces, pero siempre tendrán un lugar muy especial, pues fueron parte de tu viaje, de tu viaje hacia ellos.
Y nunca sabes cuando o donde te volverás a topar con ellos. Eso es lo más interesante.
Aquí algunas fotos con quienes compartí algunos viajes este 2013